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martes, 1 de julio de 2014

1096

Y aquí empieza esta rutina, que sé, se repetirá incontables veces durante muchos años, es curioso caer en esa inexorable realidad de golpe, conseguirse de lleno en todo lugar que uno intenta evitar por años, que intenta declararles la guerra e incluso aplicar la ley del anarquismo extremo, heme allí, viendo como todos tenían una historia que contar con sus miradas, estaba este sujeto, alto, con los ojos de buitre y las conjeturas de un insecto palo, joder, que miedo daba, no se quedaba quieto, parecía que el mundo se le venía encima por un par de tediosas y terribles horas, llamaba, gritaba, insultaba, y cuando por fin se veía en cierta calma, publicaron ese maldito cartel, que no era más que una condena, seis horas se veían venir, siendo muy optimistas, claro está que las multitudes sacan lo peor de nosotros, que no hacemos más que vivir en la constante negación de la ineludible realidad que nos roza todos los días, incluso me he visto encerrado en prejuicios estereotípicos, al ver como entran estos hombres que viajan en moto, con sus chalecos con números, chalecos que siempre me han hecho entristecer, me hace pensar que cada vez falta menos para ser reconocidos por un lector de códigos de barra. Como apretamos el culo cuando los vemos bajarse, entrar, y pararse cerca, con sus miradas que más bien parecen radares, así solo sean humildes trabajadores, no se puede saber si  alguno es todo lo contrario a lo que ya, por mero azar de pensamientos, lo hemos condenado a ser. Vivimos en un constante asedio de información negativa, ya es común que el día a día se oiga al menos la noticia de un robo, o un asesinato, y me siento terrible al caer en estos juegos que no son más que realidad exagerada cien veces, puede estar sumergida en la basura una sociedad, pero incluso en la basura se consiguen pepitas de oro, y me doy cuenta que no soy el único con estos ataques de paranoia, aunque, realmente me encantaría ver alguna vez a una de estas señoras, que se dedican al sano deporte de criticar todo a su alrededor con solo un suspiro, enfrentándose a uno de mis ataques de paranoia extremos, justo como el que vivo ahora, veo el reloj moverse pero no siento que se mueva el mundo, allí están de nuevo estos dolores de cabeza, esta sensación de perderme, de que las neuronas y el sistema nervioso deciden darse un descanso y al salir lo apagan todo, los labios resecos, la mirada completamente perdida por unos segundos y atraviesan diez millones de pensamientos en un segundo por la cabeza de una aguja, me gusta darles una historia a estas miradas, como la de Ligeia (llamémosle así) esta mujer que con movimientos tímidos generaban una curiosidad en mí, que más bien me regalaban cierta suerte de intimidación, aunque no pasó de una ruleta rusa de miradas que al final no se cobró ninguna víctima, estábamos tentando dejarnos los labios hecho hielo y los corazones calentitos, aunque también se prestaba a la hipótesis de sentirnos cómodos al menos en ese pequeño espacio que suponía el campo visual, que más bien se veía invadido por el otro en todo momento, no lo sabía entonces cuando repentinamente todo se vio interrumpido, justo al irrumpir un estruendo en el ambiente (se veían nubes en el cielo) aunque solo fue un golpe de un sujeto que ya había perdido la paciencia, parecía venir de un lugar lejano y parecía con prisa por volverse a ir, podría ser que en una mala jugada de los días se encontrara en una encrucijada que llevara a ninguna parte, más bien me dieron ganas de incendiarle las manos, al interrumpir un momento como aquel, que quedo en puntos suspensivos apuntando a un punto y veremos el final.

Los audífonos me salvaron durante poco tiempo, muy poco, ya estaba perdiendo la cabeza mientras la ansiedad me comía los nervios, ¿saldría alguna vez de allí? Paredes blancas con rayas rojas y una multitud, por amor a la calma, quería quemarlos a todos, quería ser fuego, quería ser ceniza, quería ser aire, quería largarme de allí.

Para no explotar mantuve inundada esa habitación de instintos homicidas en mi cabeza, más bien desgasté todos mis fondos “pensatarios” en un breve pero eterno lapso de tiempo, me han dejado en la quiebra y me empiezo a quebrar, todo se torna en una excitación que, en cualquiera de los escenarios que planteaba mientras respiraba lentamente (“Sh, control, falta menos”) todo salía terriblemente mal, claro, el problema de ser un pesimista empedernido,  con un ataque de ansiedad y allí está, las paredes se hacen cada vez más pequeñas y cada vez me veo más cerca de todos estos sujetos en un interminable tic tac burlón del reloj, todos estaban sordos, ¡¿Cómo no lo oían?! Si retumbaba en todas las paredes el  eco de un desesperante preámbulo a la esquizofrenia absoluta, no pude más, caí al piso queriendo ser tierra y pase a ser concreto, el azar de las manecillas tomaba cierta compostura cuando al fondo se escuchaba el aclamado “Gol”, la religión no es el único opio del pueblo,  y yo estoy ahí queriendo ser otro, encontrarme en ese vacío llenito de nada en el que tan a gusto me siento cuando logro entrar, y las paredes seguían haciéndose más chicas, les brotaban lunares rojos y naranjas que más bien parecían una danza, un cuadro de Dalí, un espacio surrealista que quería absorbernos a todos, y caí en cuenta, nos absorbería a todos, solo me alcanzó la voz para exclamar ¡No lo ven! ¡Nos están robando la vida! Mientras sentía que un nudo se enlazaba en mi garganta y se quemaban las ultimas trabajadoras vivas en mi cerebro, entré en la cúspide de la desesperación al verme en el espejo con los ojos ensangrentados, las orejas absorbidas hasta el tímpano, la boca completamente cosida en un hilván perfecto, al ver mi mano me conseguí con mis palmas completamente secas, empezando a desmoronarse en bloques de polvo y cal, las venas hechas sogas que se amarraban a mi cuello y justo cuando me quise rendir y dejar de resistirme a la inevitable fuerza de estos lunares, que cada vez se hacían más oscuros, se escucha un clamor al fondo.

¡Numero 1096!

- Buenas tardes, cobre este cheque y deposítelo en esta cuenta, por favor. 

lunes, 9 de junio de 2014

Extrema ansiedad

No es que acostumbre hacer esto, aunque se vea poco elegante mis últimos 5 meses han consistido solamente esto. En rebuscar entre ceniceros los filtros a medio apagar de esta sensación que me subleva,  encontrarme perdido, sin brújula ni nada que me pueda guiar. Yo solía trazar líneas en mapas para no perderme más, pero nací sin un rumbo y la nada se encarga de contar mis últimos días, dime, ¿amarías a alguien que no es de ningún lugar?

He creado un bunker de papel, hice una muralla y me quede por fuera. Entre tu espalda y la pared, entre tu sentencia y la guillotina, entre mi piromanía y el calor de tu cuerpo, ¿me seguís? Nunca se a donde lleva nada, y todo puede terminar en perdernos el uno dentro del otro ¿Escuchas la tos? Todas las palabras del lugar se han intoxicado, hieden a ti. Tienen fiebre y se le acaban las energías, mueren de sed mientras muero de ganas, mueren entre los versos y entre las cartas a todas tus catástrofes. Desde que escucho los gritos de las palabras, entre tu piel y el sudor quiero sacártelas a fuerza de amor, y plasmarte en cada página eterna, quizás es el fin, el fin de las noches que intentamos morir. El fin de la historia que intento repetir, pero si tú eres eterna. Cuando no quede nada de ti en tu agujero te tendré toda en este, lleno de epitafios y golondrinas embalsamadas, entre los labios fríos de la incertidumbre y el no sé qué de tu voz.

Termino totalmente vestido en cama, la noche otra vez me desordeno los muebles, te oculto a vos, a mi corazón y mis cigarros, te enfrascas en llover entre los efímeros momentos de sosiego de este emparaguado, a veces cronopio, a veces solo vos, apuesto todo a los ases de tu piel, término borracho jugando a la ruleta rusa con tu recuerdo, en la segunda ronda no me podré escapar.


Andrés Restrepo; Jairo Mendez.



lunes, 3 de febrero de 2014

Enredo de olvidos.

Y en el jardín que estas, no crecen más que hierbas de mal augurio. Haciendo adictos a hombres y mujeres por igual, ¡matando!  Maldigo esa adicción, dos años de obsesión vienen enmarañados tras tus ojos, y ahora te has ido, diciendo no sé qué cosa y cantando.  Desde tu limosina de limosnas, de pobres amarrados en telarañas de adicción a la religión de tu cuerpo, Y te sublevas, entre tanto plano y angosto, me volví neófito ante tus ojos, dama de mirada prismática ¡Quemare todos tus templos!

Me dijo. "sin querer vengo del olvido. No pido perdón, siempre me gusto." Y haciendo un gesto, me regreso a la maldición de dios.

Y así siempre fue, te olvidé como a nadie había olvidado, vos te enfrascabas en recordarme, ahora en el recuerdo nos olvidamos, y sin olvidarnos, podemos recordarnos. Pero a su vez nos tenemos entre olvido y olvido, parece mentira, pero te recuerdo cuando olvido, y me olvido de quien soy cuando te recuerdo, aunque eres el factor común en todos mis poemas, a quien siempre llego sin querer llegar. Alguna vez un viejo me dijo " Libera lo que amas, porque morirá así mismo " Te libere y ahora te consigo eterna entre libretas, y empecé a escribir por ti, que mueres en todas las páginas, en todos los poemas, en todos los cigarrillos a medio apagar, y pobre de mí si vienes a pedirme más. Sales de(L)  mar llena de sales, te me pones salada hasta en el vamos más profundo. No busques razones.

Vos, que sos la gigante red asfixiante, solo es dulce ahogarme si tus labios son el mar, déjame naufragar en ti una vez más, te falta valor, levantate de ese gran mar. Vente que el tiempo no marcha hacia atrás, consigue que quiera que te encante una vez más, o diez, rayemos en lo infinito hasta que solo quede el complejo finito entre nuestros olvidos, entre la mesita de noche y tu silueta, entre tus piernas y las patas de la mesa, que sea la décima cuarta vez, como ya ves no aprendo de tus errores, como vos no aprendes de los míos, y es que siempre fuimos como una telaraña tejida por una araña obsesionada con el sosiego de la muerte aunque aprendimos que el olvido, ni es infinito ni seguro ¡hagamos una maniobra de escapismo! Explotemos la central nuclear y unámonos desde los átomos. Rómpeme en mil pedazos, si somos dos histéricos gritándonos en silencio intentando atravesar un puente de cristal.

Final A: Y volví, a donde solíamos olvidarnos, y no consigo más que tu recuerdo, solo dejaré un último poema, sé que vos no vendrás.

Final J: Este es el final, relájate. Solo fue un mal sueño, como ves. Si te equivocas, aprendo de tu error. Fíjate, como me acerco cada vez.





Andrés Restrepo; Jairo Mendez.



Vista desde otro verso: http://alotroladodelverso.blogspot.com/2014/02/enredo-de-olvidos.html 

martes, 17 de diciembre de 2013

Más de homicidios y romances.

André era una persona que a simple vista cualquiera consideraría normal, aunque caer en esta definición es una banalidad, como comparar una tiza con una tortuga o un relato de Flaubert con un poema de Baudelaire, viene siendo de esas definiciones cotidianas y a la vez tan poco comunes, como sentarse en una mesa y definirla solo como una mesa, puede que la mesa sea el universo, viene siendo la cara escondida de todo lo visible, las termitas debajo de las baldosas, el relleno de un sofá, al cual millones de arañas y golondrinas enjauladas lo han hecho su hogar. Tenia una hermosa pareja, de cabello negro, una estatura media con ojos negros, grandes y profundos como el vacío del universo, una piel blanquísima y tersa como un lienzo inalcanzable, al que todo artista anhelaría, para dejar plasmado su arte, su esencia, su vida, su muerte, su todo y vaya a saberse que más, una dama con una mente tan surreal que ni el mismísimo Dalí hubiese podido imaginarla y una inteligencia que iba más allá de cualquier Marilyn Monroe o de cualquier Einstein o Borges, como una tormenta perfecta, tan irreal y tan onírica, quizás producto de un insomnio, quizás tan real que iba más allá de la percepción mundana de los que se han quedado cortos, que solo miran lo suficientemente alto como para aspirar a tener un carro, una esposa trofeo, preferiblemente rubia, leer seis libros en su vida (tres de autoayuda), tener tres hijos, uno llamado George, una hija llamada Brittany y un pequeño deportista llamado Allan, y una casa en una urbanización cerrada con vecinos que sonríen hipócritamente todos los días, ah, como iba más allá de todo esto su belleza y su mente, solo visible a quien subleva los pequeños detalles, a quien ve una pared y se imagina una pieza de Claude Debussy , para alguien que pueda desnudar el alma y luego ver el cuerpo y basta de rayar en lo infinito, que a final de cuentas viene siendo el factor común en mis relatos y mis ideas.

Sumando las edades de ambos vagamente alcanzaban los 50 o 53 años, tan jóvenes pero tan exitosos, producto de la creatividad y el nivel de adaptación de ambos, bien se sabe, que el que no se adapta termina aplastado por el frío o peor aún, debajo de algún puente pidiendo para una hogaza de pan o una copita de vino tinto. André desde muy joven se apasionó por la cocina y la literatura, desde leer libros de Nietzsche o Rushdie hasta saber preparar carpaccio de lomo de buey perfecto, al tener una mente tan activa supo sacarle un sabor literario a cada platillo, destacó en el instituto gastronómico, muy fácil de explicar, todos sus maestros habían leído al menos unos diez libros y al describir cada plato concluían con un “este lomillo me sabe a Rayuela y a Cronopios y famas” o “vaya delicia, fue como transportarse a un mundo Orwelliano” luego de graduarse y sabiendo el talento que poseía decidió inaugurar su propio restaurant, primero debía conseguir el lugar, luego el dinero, luego los papeles, luego las firmas, luego un bolígrafo para firmar y ya se sabe el resto, conoció a la mujer que sería el mejor sabor de su vida en una plaza, salía del trabajo, solo a fumar un cigarrillo y leer alguna sección del diario  cuando la vio, allá, sentada a la distancia, con un encendedor en la mano, se derritió su mundo al verla, fue hacía ella, con la excusa que no tenía como encender su cigarrillo, le pidió fuego, luego intento charlar, luego el silencio, se alejó, termino con las ultimas cenizas antes del filtro, desecho los restos y volvió a la cocina, al paso de unas horas entra uno de sus camareros y le dice que una dama le quiere felicitar por “el banquete más extraordinario y desorbitante de su vida” al salir vio que allí estaba ella, ambos quedaron perplejos, se miraron un largo tiempo y luego ella solo pudo decir felicitaciones, ha sido magnifico, para luego levantarse e irse, sin decir nada más.
André desconcertado volvió a la cocina y al llegar la hora cerró el restaurant, un par de días después ella volvió y se repitió la misma escena, y así, cada dos días, hasta que una noche, al  cerrar ella volvió y empezó a hablar.

.-Lo siento si siempre corro sin decirte nada más, tú comida es magnífica, lo he repetido millones de veces, aunque hay algo más, algo en ti que me incita a investigarte por completo, desde que te vi en la plaza te quise tener, pero no hallaba como llamar tu atención.
.-La has tenido desde un principio.
.-Igual, no es sencillo.
.-Solo cállate, puedo preguntar al menos ¿Cuál es tu nombre?
.- Anabelle, es un placer, solo quiero, aunque suene como un abuso, que me invites una copa de vino, los dos aquí, juntos, solos.
.-No hacerlo sería un grave error de mi parte, un error por el cual me lamentaría en unos años.

Y así fue, entre una larga conversación y varias botellas de vino descubrieron una parte de cada uno en el alma del otro, repitieron el mismo ritual durante muchas noches, hasta que ya no se pudo controlar y el deseo desbordó, un beso marcaría el inicio de una vida.
Al cabo de unos meses empezaron a vivir juntos, Anabelle siempre era un misterio y André si no cocinaba se dedicaba a leer durante horas, claro, en sus días libres, una noche decidió reavivar al menos un poco la pasión con una cena especial, un platillo único, un platillo que dejara el sabor de miles de relatos y cuentos y novelas, Anabelle llegó un poco tarde, con manchas rojas en su ropa, André preocupado buscó la caja de los primeros auxilios pensando que se había lastimado, al ir de nuevo donde ella estaba solo se enteró que había una sala vacía y una ducha abriéndose arriba, respiro, luego encendió otro cigarrillo y volvió a la cocina, sirvió los platillos y esperó a que ella volviera.

.-Que hermosa sorpresa –dijo Anabelle.-
.-Hacía tiempo no lo hacía, ahora cuéntame, ¿qué era lo que tenías en tu ropa?
Anabelle tartamudeo un poco y vagamente alcanzó a decir que era sangre.
.- Hace ya mucho tiempo que oculto esto y siento que ya es hora que sepas la verdad sobre mí, me gano la vida quitándole la vida…
Luego un silencio largo y profundo
.- ¿Quitando qué? Anabelle, no juegues conmigo.
.-No estoy jugando, espera
.-Termina la oración
.-Quitándole la vida a otras personas
.- Me debes estar mintiendo.
.- No lo hago.


Al darse cuenta de la seriedad con que lo decía decidió dejar de hablar y solo terminar su plato, darle un beso y subir a la habitación, al cabo de unas horas ella entró dispuesta a seguir hablando, André solo dijo “no me importa lo que hagas, te amo de cualquier forma, te amo porque el alma me llama a amarte” al oír esto ella se acostó junto a él, un beso marcaría el ritmo de unas cuantas horas frenéticas para luego dormir sin saber que al despertar variarían sus días, esa tarde ella llegó al restaurant con un desconocido y una idea descabellada, entró a la cocina con un frasco de cianuro y le pidió a André que le echara esto al platillo del sujeto, discutieron por un momento y se resignó a aceptar lo que ella pedía, tan ciegos que nos hace el amor o quizás nos quita la venda negra que nos tapa la vista y nos permite ver los ríos de melancolía y toda esa verborrea desamorosa que nos rodea, si siempre es un tema común entre los que escriben, por pasión o por profesión (sic). El sujeto murió ahí, en la mesa, mientras todos observaban, el haber ordenado a la muerte encendió sus vidas, tanto que cedieron ambos corazones, a detener otros, durante el resto de sus latidos, variando una y otra vez, desde un caramelo con la cuenta, relleno con LSD para volver a la persona fácil de manipular, llevarlo a un lugar apartado, cortarle la garganta, sacar la traquea y servirselá envenenada a otro comensal. Tantas veces lo hicieron que empezaron las investigaciones, obvio resultado de las sospechas, al enterarse que habían sido descubiertos y que iban por ellos decidieron cometer un último atentado, André preparo un último platillo para ella y para él, al que ambos le echarían algo diferente, algún veneno diferente cada uno, se sentaron en la mesa más diminuta, se miraban a los ojos tras cada bocado, al terminar bebieron la última copa de vino, luego se dieron un último beso, las palabras habían sido dichas todas en silencio, se miraron a los ojos una última vez y sus corazones se detuvieron. Al llegar los apresadores no pudieron evitar llorar un poco, por desdicha, por falta de pasión en sus vidas, por lo cruel del amor, que se aviva siempre en lo muerto, en lo prohibido, si un corazón puede amar, amará con más pasión si se tienta lo que viene estipulado por un no rotundo, desde huir juntos (vaya tontería pasional) hasta el encontrar tal nivel de excitación en cometer un asesinato o cien, juntos. El amor es como la maga, todos tienen una maga, y todos la definen de diferentes formas, que problema, no sé como darle un buen final a esto. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Prosa corta II:

dos recuerdos para un olvido. 

El olvido, ese no se qué que representa, creemos poder clasificar en carpetas los momentos y archivarlos en baúles y casilleros, solo para reaccionar en breves momentos, segundos del minutero, minutos de las horas, el amor, el odio, el reloj tocando el tambor para una fotografía que se burla de el, así como nos sentimos cuando no es correspondida una simple palabra a la que tememos como nunca tememos, una palabra mezclada con un montón de inexplicables y de vaya a saberse que infinidad de intentos de definición, la filosofía de un lapso del órgano que han relacionado directamente con esta blasfemia. Pobre del corazón, lo han condenado a amar.

El día que empezamos a querernos, ese día nos empezamos a olvidar, oh y créeme, que te olvide como a nadie jamas había olvidado, te olvidé mientras tu me olvidabas tras cada caricia, tras cada palabra, tras cada roce de labios, tras cada funeral de un beso, tras cada adiós, te olvidé en todas las tazas de café que pude olvidarte, tras cada detrás de mis días, con odio al sol me exponía a el solo por olvidarte un poco más, siempre, un poco más de olvido, un poco más de palabreo y metáforas, gatos, rincones, tu sentada en la ventana observando como las nubes se posaban delante de la luna, imaginando como recordarme un poco más mientras te olvidaba viéndote estampado en la mesita de noche, mientras intentaba recordarte entre los miseros poemas y las tonterías que hacía relatos, relatos sobre un olvido deseado por tu parte, pero te enfrascabas en recordarme y vaya que me recordabas, o me olvidabas, o que se yo, ya perdí el hilo de esta charlatanería, la ultima prosa (espero) para lo que fue un olvido como jamas olvidaré y repito y me enfrasco en una maraña de ideas de madrugada, recicladas de las tardes y ni pensadas en la mañana. Y caigo en los mismos rituales para recordarte, una fotografía puesta contra el espejo, el espejo puesto contra una puerta, una puerta que da a la calle, una calle por la que se llega a tu recuerdo, y allí esta, inexorable, pero no por eso menos recordable y ya me quedo sin letras para escribirle a tu olvido, no me alcanza la melancolía, que se desbordaba mientras te olvidaba.

Tú siempre recordándome y yo, que te llegue a olvidar tanto que de a ratos te recordaba en el olvido. 



Andrés Restrepo.



miércoles, 16 de octubre de 2013

Relato corto I:

Belice:

La pequeña Belice decidió huir por un tiempo a la hermosa Dublín, con la esperanza a cuestas de conseguirse un concierto del gran telepata John Boy, cada esquina y calle desconocida hacían que sintiera un gran temor por un cambio tan radical, un temor que le encantaba, caminaba sin cesar y amaba cuando no había nadie por las calles, iba silbando al ritmo de los incendios de nieve que se formaban a su al rededor y al día que seguía se maravillaba charlando con los poetas, artistas y desamparados que se conseguía en su camino, iluminaba las esquinas con su tímida y pasiva sonrisa, luego fumaba y recordaba, luego solo fumaba, luego solo recordaba y después solo se sentaba con la mente en blanco, sin darse cuenta estaba de vuelta en lo que mundanamente podía llamar hogar, observando desde la ventana como se asomaba la luna y reflejaba los universos infinitos bajo sus pies, se tendía sobre la cama y pensaba, ese acto residual del insomnio, mirar el techo con la mente turbulenta arrojando pensamiento tras pensamiento, ese momento en el que todos nos consideramos genios por las ideas que se nos ocurren, esas mismas que al recordarlas unas horas más tarde nos parecen un balbuceo del agotamiento, pero Belice, en su cama, jugando con la Oniria mientras la besaba insomnia, buscaba su celular para hablar con los que lejos ahora quedaban, ese grupo de seres únicos que ahora se encontraban a miles de kilometros, la noche se hacía eterna mientras conversaban entre los caprichosos rayos de una buena señal telefónica, una que otra lagrima brotaba de sus ojos, sin sentido, solo por recordar un 1999 que nunca vivió, con su pijama se quejaba por las antenas, luego del frío, luego de la soledad, que a final de cuentas es la única que nunca se va a ir, soledad y muerte acompañan las noches y días de todos, aunque las intentamos inútilmente esquivar, creyendo que nos harán daño, cuando la soledad destapa el verdadero interior y la muerte es solo el final de eso tan tétrico como lo es la vida, Belice lo sabe, aprendió a vivir con ello, aveces las desea y aveces las engaña, le escribía cartas a todas sus catástrofes y luego caía dormida, temía que al despertar todo fuese un sueño.


Para Montserrat Lozano.

Andrés Restrepo.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Encuentro inesperado en una habitación de hotel:


Arabella, la hermosa y blanquisima dama de labios rojos aquella noche había salido por un par de copas, siempre fingiendo ser alguien más, se sabe que es una mitomana por sus marcas en el alma y su forma de mirar todo lo que le rodea, la mirada de Arabella era capaz de derretir la primavera y calentar los días fríos. Tomo rumbo y al entrar al bar se sentó sola en una mesa al fondo, nadie se sentaba ahí desde hacía poco tiempo, más o menos el mismo en el que ella estaba visitando la hermosa ciudad de Buenos Aires, todos los porteños quizás intimidados dejaban libre aquel espacio por miedo a su torpeza para enamorar a una depredadora como ella, que solo iba por un par de cervezas de litro y para persuadir a algún necesitado, dejarlo sin cigarrillos y sin dinero, luego recibir su compañía hasta donde se hospedaba y luego dejarlo en la puerta, derrumbando todas las ilusiones de ver su sexo y sus senos justo frente a el. 

En el transcurso de la noche se acercó un sujeto que llevaba chaqueta de cuero, le ofreció un trago, cigarros y una conversación que acapararía toda la atención de la ya antes mencionada Arabella, cuyo mundo se tornaría inimaginable en las siguientes horas y todo resulto como iba siendo planeado, saqueó los bolsillos del sujeto de la chaqueta de cuero, sus cigarros y secuestro su atención en el vehemente encanto de sus delicadisimos movimientos, su mirada seductora al darle un sorbo al trago, sus labios, jugueteando con el cigarrillo que entre ellos se encontraba y todos allí querían ser ese cigarrillo, solo querían ser consumidos por ella, ser saboreados lentamente en la succión natural que supone una calada, sin importarles el inexorable hecho que después de ser digeridos de forma tan sutil tendrían el mismo destino que el desdichado humo, que solo quiere quedarse y hacer desastres dentro de los pulmones de quien se almacenan sin recordar que a final de cuentas el humo sale disparado de los pulmones y de la boca para solo flotar por unos momentos y luego desaparecer en la nada, un par de copas más, luego una cerveza y luego, sin saberse como, en la puerta del hotel ella lo invitaría a pasar a su habitación, llamarían al room service pidiendo algo más de alcohol, ella sacaría los cigarrillos que había escondido para emergencias y encendería el equipo de sonido, resulta que, el sujeto de la chaqueta de cuero era escritor, enamorado de todo lo misterioso, del caos, de la nada y paradojicamente de su hermano marginado "el todo", como el le llamaba. La profundidad de su filosofía había logrado captar toda la atención de ustedes ya saben quien, en la repetición de un nombre, identificativo inexorable, vaya a saberse quien rigió estas reglas, si se llamara María y existieran varias Marías en el relato habría que identificarlas por su apellido, el separativo familiar irremediable, de sangre e incluso de casta, pero esto es tema para otra ocasión.
Ya seducida por el intelecto de nuestro afortunado y persuasivo ya conocido poeta de palabras dulces, puso en su reproductor musical a sus artistas favoritos, empezó con algo de Massive Attack, luego un par de canciones de Cartola y la profundidad de lo dicho ante ella cautivaba todo su cuerpo, que peligrosos resultan los escritores, pueden seducir por completo a una mujer con solo decirle las cosas más tontas que se imaginan, que las arañas eran las tejedoras de la nada, que las odiaba pero amaban observarlas durante horas haciendo quien sabe que y pensando en que sabe que, el temor a los pensamientos de una araña, nunca se descubrirá si uno de esos bichos de ocho patas, cuando se amontona con otras en una esquina planea una invasión al cuerpo de algún homo sapiens, para picarlo y luego tejer toda su nada sobre el, esperar a que se descomponga para atraer a las moscas, que quedarían atrapadas en la nada, nunca se conocerá si las arañas solo quieren convertirnos en un atrapamoscas a escala masiva, pero he de centrarme en Arabella y el escritor que entre cigarros y canciones de Diego el Cigala y Sabina, siendo bombardeada por palabras nunca antes oídas de tal forma había bajado la guardia, pacientemente el escritor espero a que se levantara, para posar sus manos en su cadera y tras un inesperado beso perdieron toda la cordura, un beso con sabor a las simples cosas y a un rock and roll de idiotas y cada beso una nota y cada caricia una melodía.
Aquella noche no hicieron nada parecido al amor, frenético encuentro que en la mañana los delataría a cada uno por su rumbo por el ardor en la espalda y el caminar tambaleante, como quien fue maltratado, placentero maltrato, extraña casualidad nocturna, Nadie nunca habría imaginado a aquellas personas juntas, una extraña pero hermosa combinación, como la luna en pleno día, el escritor, cuyo nombre no se sabría hasta después de la despedida que supone el haber terminado de sucumbir ante la locura, Ivan, quien ya se había marchado y la ahora asustada Arabella, quien no entendía aún lo que sucedía. 

Un par de días después, cuando Arabella ya arreglaba sus cosas para irse, acomodando en maleta primero las blusas, luego los pantalones y faldas, luego la ropa intima, luego sonó la puerta, luego abrió y se dió cuenta que Ivan allí estaba, buscando más de lo antes dado, cocainomano ante el polvo blanco que suponía la locura y el roce entre ambos cuerpos ya explorados por completo, un ultimo beso explotaría la mecha de ambos corazones, el sentimiento primera vez sentido los sobrecargo tanto a ambos que causaría un paro amoroso, ambos cuerpos caerían sin pulso, uno sobre el otro, cadáveres de un sentimiento amontonados.


Andrés Restrepo.