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martes, 1 de julio de 2014

1096

Y aquí empieza esta rutina, que sé, se repetirá incontables veces durante muchos años, es curioso caer en esa inexorable realidad de golpe, conseguirse de lleno en todo lugar que uno intenta evitar por años, que intenta declararles la guerra e incluso aplicar la ley del anarquismo extremo, heme allí, viendo como todos tenían una historia que contar con sus miradas, estaba este sujeto, alto, con los ojos de buitre y las conjeturas de un insecto palo, joder, que miedo daba, no se quedaba quieto, parecía que el mundo se le venía encima por un par de tediosas y terribles horas, llamaba, gritaba, insultaba, y cuando por fin se veía en cierta calma, publicaron ese maldito cartel, que no era más que una condena, seis horas se veían venir, siendo muy optimistas, claro está que las multitudes sacan lo peor de nosotros, que no hacemos más que vivir en la constante negación de la ineludible realidad que nos roza todos los días, incluso me he visto encerrado en prejuicios estereotípicos, al ver como entran estos hombres que viajan en moto, con sus chalecos con números, chalecos que siempre me han hecho entristecer, me hace pensar que cada vez falta menos para ser reconocidos por un lector de códigos de barra. Como apretamos el culo cuando los vemos bajarse, entrar, y pararse cerca, con sus miradas que más bien parecen radares, así solo sean humildes trabajadores, no se puede saber si  alguno es todo lo contrario a lo que ya, por mero azar de pensamientos, lo hemos condenado a ser. Vivimos en un constante asedio de información negativa, ya es común que el día a día se oiga al menos la noticia de un robo, o un asesinato, y me siento terrible al caer en estos juegos que no son más que realidad exagerada cien veces, puede estar sumergida en la basura una sociedad, pero incluso en la basura se consiguen pepitas de oro, y me doy cuenta que no soy el único con estos ataques de paranoia, aunque, realmente me encantaría ver alguna vez a una de estas señoras, que se dedican al sano deporte de criticar todo a su alrededor con solo un suspiro, enfrentándose a uno de mis ataques de paranoia extremos, justo como el que vivo ahora, veo el reloj moverse pero no siento que se mueva el mundo, allí están de nuevo estos dolores de cabeza, esta sensación de perderme, de que las neuronas y el sistema nervioso deciden darse un descanso y al salir lo apagan todo, los labios resecos, la mirada completamente perdida por unos segundos y atraviesan diez millones de pensamientos en un segundo por la cabeza de una aguja, me gusta darles una historia a estas miradas, como la de Ligeia (llamémosle así) esta mujer que con movimientos tímidos generaban una curiosidad en mí, que más bien me regalaban cierta suerte de intimidación, aunque no pasó de una ruleta rusa de miradas que al final no se cobró ninguna víctima, estábamos tentando dejarnos los labios hecho hielo y los corazones calentitos, aunque también se prestaba a la hipótesis de sentirnos cómodos al menos en ese pequeño espacio que suponía el campo visual, que más bien se veía invadido por el otro en todo momento, no lo sabía entonces cuando repentinamente todo se vio interrumpido, justo al irrumpir un estruendo en el ambiente (se veían nubes en el cielo) aunque solo fue un golpe de un sujeto que ya había perdido la paciencia, parecía venir de un lugar lejano y parecía con prisa por volverse a ir, podría ser que en una mala jugada de los días se encontrara en una encrucijada que llevara a ninguna parte, más bien me dieron ganas de incendiarle las manos, al interrumpir un momento como aquel, que quedo en puntos suspensivos apuntando a un punto y veremos el final.

Los audífonos me salvaron durante poco tiempo, muy poco, ya estaba perdiendo la cabeza mientras la ansiedad me comía los nervios, ¿saldría alguna vez de allí? Paredes blancas con rayas rojas y una multitud, por amor a la calma, quería quemarlos a todos, quería ser fuego, quería ser ceniza, quería ser aire, quería largarme de allí.

Para no explotar mantuve inundada esa habitación de instintos homicidas en mi cabeza, más bien desgasté todos mis fondos “pensatarios” en un breve pero eterno lapso de tiempo, me han dejado en la quiebra y me empiezo a quebrar, todo se torna en una excitación que, en cualquiera de los escenarios que planteaba mientras respiraba lentamente (“Sh, control, falta menos”) todo salía terriblemente mal, claro, el problema de ser un pesimista empedernido,  con un ataque de ansiedad y allí está, las paredes se hacen cada vez más pequeñas y cada vez me veo más cerca de todos estos sujetos en un interminable tic tac burlón del reloj, todos estaban sordos, ¡¿Cómo no lo oían?! Si retumbaba en todas las paredes el  eco de un desesperante preámbulo a la esquizofrenia absoluta, no pude más, caí al piso queriendo ser tierra y pase a ser concreto, el azar de las manecillas tomaba cierta compostura cuando al fondo se escuchaba el aclamado “Gol”, la religión no es el único opio del pueblo,  y yo estoy ahí queriendo ser otro, encontrarme en ese vacío llenito de nada en el que tan a gusto me siento cuando logro entrar, y las paredes seguían haciéndose más chicas, les brotaban lunares rojos y naranjas que más bien parecían una danza, un cuadro de Dalí, un espacio surrealista que quería absorbernos a todos, y caí en cuenta, nos absorbería a todos, solo me alcanzó la voz para exclamar ¡No lo ven! ¡Nos están robando la vida! Mientras sentía que un nudo se enlazaba en mi garganta y se quemaban las ultimas trabajadoras vivas en mi cerebro, entré en la cúspide de la desesperación al verme en el espejo con los ojos ensangrentados, las orejas absorbidas hasta el tímpano, la boca completamente cosida en un hilván perfecto, al ver mi mano me conseguí con mis palmas completamente secas, empezando a desmoronarse en bloques de polvo y cal, las venas hechas sogas que se amarraban a mi cuello y justo cuando me quise rendir y dejar de resistirme a la inevitable fuerza de estos lunares, que cada vez se hacían más oscuros, se escucha un clamor al fondo.

¡Numero 1096!

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