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lunes, 16 de septiembre de 2013

Encuentro inesperado en una habitación de hotel:


Arabella, la hermosa y blanquisima dama de labios rojos aquella noche había salido por un par de copas, siempre fingiendo ser alguien más, se sabe que es una mitomana por sus marcas en el alma y su forma de mirar todo lo que le rodea, la mirada de Arabella era capaz de derretir la primavera y calentar los días fríos. Tomo rumbo y al entrar al bar se sentó sola en una mesa al fondo, nadie se sentaba ahí desde hacía poco tiempo, más o menos el mismo en el que ella estaba visitando la hermosa ciudad de Buenos Aires, todos los porteños quizás intimidados dejaban libre aquel espacio por miedo a su torpeza para enamorar a una depredadora como ella, que solo iba por un par de cervezas de litro y para persuadir a algún necesitado, dejarlo sin cigarrillos y sin dinero, luego recibir su compañía hasta donde se hospedaba y luego dejarlo en la puerta, derrumbando todas las ilusiones de ver su sexo y sus senos justo frente a el. 

En el transcurso de la noche se acercó un sujeto que llevaba chaqueta de cuero, le ofreció un trago, cigarros y una conversación que acapararía toda la atención de la ya antes mencionada Arabella, cuyo mundo se tornaría inimaginable en las siguientes horas y todo resulto como iba siendo planeado, saqueó los bolsillos del sujeto de la chaqueta de cuero, sus cigarros y secuestro su atención en el vehemente encanto de sus delicadisimos movimientos, su mirada seductora al darle un sorbo al trago, sus labios, jugueteando con el cigarrillo que entre ellos se encontraba y todos allí querían ser ese cigarrillo, solo querían ser consumidos por ella, ser saboreados lentamente en la succión natural que supone una calada, sin importarles el inexorable hecho que después de ser digeridos de forma tan sutil tendrían el mismo destino que el desdichado humo, que solo quiere quedarse y hacer desastres dentro de los pulmones de quien se almacenan sin recordar que a final de cuentas el humo sale disparado de los pulmones y de la boca para solo flotar por unos momentos y luego desaparecer en la nada, un par de copas más, luego una cerveza y luego, sin saberse como, en la puerta del hotel ella lo invitaría a pasar a su habitación, llamarían al room service pidiendo algo más de alcohol, ella sacaría los cigarrillos que había escondido para emergencias y encendería el equipo de sonido, resulta que, el sujeto de la chaqueta de cuero era escritor, enamorado de todo lo misterioso, del caos, de la nada y paradojicamente de su hermano marginado "el todo", como el le llamaba. La profundidad de su filosofía había logrado captar toda la atención de ustedes ya saben quien, en la repetición de un nombre, identificativo inexorable, vaya a saberse quien rigió estas reglas, si se llamara María y existieran varias Marías en el relato habría que identificarlas por su apellido, el separativo familiar irremediable, de sangre e incluso de casta, pero esto es tema para otra ocasión.
Ya seducida por el intelecto de nuestro afortunado y persuasivo ya conocido poeta de palabras dulces, puso en su reproductor musical a sus artistas favoritos, empezó con algo de Massive Attack, luego un par de canciones de Cartola y la profundidad de lo dicho ante ella cautivaba todo su cuerpo, que peligrosos resultan los escritores, pueden seducir por completo a una mujer con solo decirle las cosas más tontas que se imaginan, que las arañas eran las tejedoras de la nada, que las odiaba pero amaban observarlas durante horas haciendo quien sabe que y pensando en que sabe que, el temor a los pensamientos de una araña, nunca se descubrirá si uno de esos bichos de ocho patas, cuando se amontona con otras en una esquina planea una invasión al cuerpo de algún homo sapiens, para picarlo y luego tejer toda su nada sobre el, esperar a que se descomponga para atraer a las moscas, que quedarían atrapadas en la nada, nunca se conocerá si las arañas solo quieren convertirnos en un atrapamoscas a escala masiva, pero he de centrarme en Arabella y el escritor que entre cigarros y canciones de Diego el Cigala y Sabina, siendo bombardeada por palabras nunca antes oídas de tal forma había bajado la guardia, pacientemente el escritor espero a que se levantara, para posar sus manos en su cadera y tras un inesperado beso perdieron toda la cordura, un beso con sabor a las simples cosas y a un rock and roll de idiotas y cada beso una nota y cada caricia una melodía.
Aquella noche no hicieron nada parecido al amor, frenético encuentro que en la mañana los delataría a cada uno por su rumbo por el ardor en la espalda y el caminar tambaleante, como quien fue maltratado, placentero maltrato, extraña casualidad nocturna, Nadie nunca habría imaginado a aquellas personas juntas, una extraña pero hermosa combinación, como la luna en pleno día, el escritor, cuyo nombre no se sabría hasta después de la despedida que supone el haber terminado de sucumbir ante la locura, Ivan, quien ya se había marchado y la ahora asustada Arabella, quien no entendía aún lo que sucedía. 

Un par de días después, cuando Arabella ya arreglaba sus cosas para irse, acomodando en maleta primero las blusas, luego los pantalones y faldas, luego la ropa intima, luego sonó la puerta, luego abrió y se dió cuenta que Ivan allí estaba, buscando más de lo antes dado, cocainomano ante el polvo blanco que suponía la locura y el roce entre ambos cuerpos ya explorados por completo, un ultimo beso explotaría la mecha de ambos corazones, el sentimiento primera vez sentido los sobrecargo tanto a ambos que causaría un paro amoroso, ambos cuerpos caerían sin pulso, uno sobre el otro, cadáveres de un sentimiento amontonados.


Andrés Restrepo.