Belice:
La pequeña Belice decidió huir por un tiempo a la hermosa Dublín, con la esperanza a cuestas de conseguirse un concierto del gran telepata John Boy, cada esquina y calle desconocida hacían que sintiera un gran temor por un cambio tan radical, un temor que le encantaba, caminaba sin cesar y amaba cuando no había nadie por las calles, iba silbando al ritmo de los incendios de nieve que se formaban a su al rededor y al día que seguía se maravillaba charlando con los poetas, artistas y desamparados que se conseguía en su camino, iluminaba las esquinas con su tímida y pasiva sonrisa, luego fumaba y recordaba, luego solo fumaba, luego solo recordaba y después solo se sentaba con la mente en blanco, sin darse cuenta estaba de vuelta en lo que mundanamente podía llamar hogar, observando desde la ventana como se asomaba la luna y reflejaba los universos infinitos bajo sus pies, se tendía sobre la cama y pensaba, ese acto residual del insomnio, mirar el techo con la mente turbulenta arrojando pensamiento tras pensamiento, ese momento en el que todos nos consideramos genios por las ideas que se nos ocurren, esas mismas que al recordarlas unas horas más tarde nos parecen un balbuceo del agotamiento, pero Belice, en su cama, jugando con la Oniria mientras la besaba insomnia, buscaba su celular para hablar con los que lejos ahora quedaban, ese grupo de seres únicos que ahora se encontraban a miles de kilometros, la noche se hacía eterna mientras conversaban entre los caprichosos rayos de una buena señal telefónica, una que otra lagrima brotaba de sus ojos, sin sentido, solo por recordar un 1999 que nunca vivió, con su pijama se quejaba por las antenas, luego del frío, luego de la soledad, que a final de cuentas es la única que nunca se va a ir, soledad y muerte acompañan las noches y días de todos, aunque las intentamos inútilmente esquivar, creyendo que nos harán daño, cuando la soledad destapa el verdadero interior y la muerte es solo el final de eso tan tétrico como lo es la vida, Belice lo sabe, aprendió a vivir con ello, aveces las desea y aveces las engaña, le escribía cartas a todas sus catástrofes y luego caía dormida, temía que al despertar todo fuese un sueño.
Para Montserrat Lozano.
Andrés Restrepo.
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