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martes, 2 de julio de 2013

Cárcel de París.

Me vienen a encarcelar por un malentendido, algo que yo no hice, hace unas  horas era un hombre libre, bebiendo cerveza y coqueteando con Nashua (la camarera del bar que solía frecuentar) recuerdo, que la noche anterior había conocido a una argentina, Susana, hermosa casualidad, una argentina en un bar oscuro y escondido entre los sectores más recónditos de París, era hermosa, de cabello negro, unos centímetros más baja que yo, se notaban algunos tímidos trazos de lo que más tarde confirmaría que era un tatuaje en su blanquísima piel, sus ojos, oscuros como la mismísima noche sin estrellas y una voz encantadora, que retumbaba en mis tímpanos cada vez que la escuchaba. Durante un largo rato solo me limite a observarla de lejos, hasta que no aguante más y mi corazón, guacho de cuna, me obligó a acercármele, le ofrecí una copa de vino, busque miles de temas de conversación y la invite a bailar, algo confuso al principio porque era de esos lugares a los que los bohemios van a estar de pie sin mover los pies. Para mi fortuna, conocía al dueño de ese hueco saturado de humo. Bailo tango, me dijo ella, con un acento que me puso de punta hasta los pelos del alma; rápidamente corrí con Pier (el dueño del bar), le di algo de efectivo y le dije que pusiera algo de Discepolo o el tango que él quisiera, empezaron a sonar las melancólicas notas y todos se apartaron, de una manera maquinal, sabían que algo pasaría y no pensaban perdérselo. Susana sin pena me arrastro luego de tomarse la copa de un trago a lo que para mí parecía un calabozo cuyas paredes eran las personas, observando cada movimiento, cada detalle. Para mi fortuna, había tomado lecciones años atrás. Durante lo que el tiempo relativo hizo parecer una eternidad para los bohemios y un apagón de alma momentáneo para Susana y para mí, ocurrió este no sé qué, ese nexo entre parpados entrecerrados y miradas disimuladas a los labios ajenos. Salimos tarde del bar, cantando algo de Silvio torpemente, cada error en la canción provocaba una carcajada, que aumentaba el deseo, que tensaba el ambiente. En la calle por la cual cada uno tomaría su rumbo me invito a donde se estaba quedando, invitación que sin dudarlo acepte, con mis manos temblando.
Llegamos a un edificio, de esos que son modernos pero parecen construidos hace más de 50 años, esos que tienen pinta de haber sido más de una vez la escena de algún crimen, subimos a su piso, entramos y por mis fosas nasales penetro el olor de aquel no tan pequeño lugar, un popurrí, desagradable y paradójicamente agradable a la vez. Serví unas copas de vino, yo voy a la cocina y vuelvo en un momentico, esperáme ahí, sentado, si queres pone algo de música, allá están todos mis discos, me dijo ella, luego se encerró en una habitación, busque la botella de vino, la puse en la mesa, confiadamente fui a su cocina y saque un par de abrebocas, hurgue entre esa paradisiaca colección de discos que tenía, gigante, desde Bessie Smith hasta Portishead, algo suave tenía que colocar, abrí el reproductor y note que se podían poner a reproducir más de un disco a la vez, tome varios, los metí y ella salió, casi como si todo hubiese sido ensayado alguna vez, nos sentamos a hablar durante un largo tiempo, ignoro yo cuanto y la música, el vino, la comida, la noche, el tango, Susana, ay Susana, se iba haciendo cada vez más pequeño el lugar, y mis labios como metal atraído hacia algún campo magnético inexorables se iban acercando más a los suyos, hasta que no se pudo evitar lo inevitable, un beso sabor a literatura argentina, que causo el mismo sosiego que causaba jugar a la rayuela unos años atrás y pasamos a ser solo nosotros, fundiendo nuestras almas en una conexión de envases, entregados al placer y nada más, un acto frenético en la que nuestras siluetas vagamente se dibujaban en la penumbra casi total, siendo orquestada por uno que otro tímido sonido proveniente de cualquier lugar y el solo de guitarra inconfundible de Time.


La próxima escena ya todo era confuso, desperté y Susana no estaba, se habrá ido a buscar algo o que se yo, pensé. Me arrope entre mis harapos y salí de la habitación y al hacerlo escucho el sonido que producen las gotas al rebotar contra el suelo de la ducha, ¿Susana? ¿Susana estas ahí? Pregunte sin respuesta repetidas veces, desespere y abrí la puerta forzándola y allí estaba ella, lo que fue un alivio que duro lo que dura el brillo onírico de una luciérnaga en alguna pradera, tendida ella en el suelo de la ducha, con su cabeza sobre una almohada de sangre, que poco a poco iba diluyéndose junto al agua y yéndose en un rio rojo por la alcantarilla. Asustado, intente reanimarla con varios métodos, todos sin resultado, su corazón no latía. Llame a una ambulancia, llegaron, me hicieron preguntas, llegó luego la policía, me dijeron que tomara mis cachivaches y me marchara, lo cual hice sin pensarlo, pero pensándolo más que nada. Y fui, a tomar una cerveza, eran ya pasadas las 3 de la tarde y el calor era abrumador, Nashua, tráeme una cerveza, mejor que sean dos, siéntate y bebe una conmigo. Le dije al llegar. No puedo, estoy trabajando, pero en la noche estoy libre, podemos salir si quieres. Empecé a beber, encarcelado ya por la incertidumbre, ¿Cómo murió Susana? Ay que tormento, durante mis reflexiones llegaron un par de policías, inculpándome de su muerte (mi error, haber tocado su cadáver desnudo para intentar revivirlo fue una estupidez) diciéndome que tenía derecho a guardar silencio y todas esas frases cliché a las que nos tienen acostumbrados, ignorando mis balbuceos de inocencia, no me permitían explicarles lo que realmente había ocurrido. Me trajeron a “La Santé”. Me encerraron en esta jaula con olor a vómito, con manchas de lo que imagino es sangre en las paredes y un pequeñísimo espacio algo cálido, que solo alcanza para mis pies y sigo pensando en Susana. ¿Cómo murió la hermosa Susana? Delia, escribo esto, Tours no esta tan lejos y sé que tu más que nadie me puede ayudar, espero vengas, el frío aquí me está calando los huesos

Andrés Restrepo.

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