Me vienen a encarcelar por un
malentendido, algo que yo no hice, hace unas horas era un hombre libre, bebiendo cerveza y
coqueteando con Nashua (la camarera del bar que solía frecuentar) recuerdo, que
la noche anterior había conocido a una argentina, Susana, hermosa casualidad,
una argentina en un bar oscuro y escondido entre los sectores más recónditos de
París, era hermosa, de cabello negro, unos centímetros más baja que yo, se
notaban algunos tímidos trazos de lo que más tarde confirmaría que era un
tatuaje en su blanquísima piel, sus ojos, oscuros como la mismísima noche sin
estrellas y una voz encantadora, que retumbaba en mis tímpanos cada vez que la
escuchaba. Durante un largo rato solo me limite a observarla de lejos, hasta
que no aguante más y mi corazón, guacho de cuna, me obligó a acercármele, le ofrecí
una copa de vino, busque miles de temas de conversación y la invite a bailar,
algo confuso al principio porque era de esos lugares a los que los bohemios van
a estar de pie sin mover los pies. Para mi fortuna, conocía al dueño de ese
hueco saturado de humo. Bailo tango, me dijo ella, con un acento que me puso de
punta hasta los pelos del alma; rápidamente corrí con Pier (el dueño del bar),
le di algo de efectivo y le dije que pusiera algo de Discepolo o el tango que él
quisiera, empezaron a sonar las melancólicas notas y todos se apartaron, de una
manera maquinal, sabían que algo pasaría y no pensaban perdérselo. Susana sin
pena me arrastro luego de tomarse la copa de un trago a lo que para mí parecía un
calabozo cuyas paredes eran las personas, observando cada movimiento, cada
detalle. Para mi fortuna, había tomado lecciones años atrás. Durante lo que el
tiempo relativo hizo parecer una eternidad para los bohemios y un apagón de
alma momentáneo para Susana y para mí, ocurrió este no sé qué, ese nexo entre
parpados entrecerrados y miradas disimuladas a los labios ajenos. Salimos tarde
del bar, cantando algo de Silvio torpemente, cada error en la canción provocaba
una carcajada, que aumentaba el deseo, que tensaba el ambiente. En la calle por
la cual cada uno tomaría su rumbo me invito a donde se estaba quedando,
invitación que sin dudarlo acepte, con mis manos temblando.
Llegamos a un edificio, de esos
que son modernos pero parecen construidos hace más de 50 años, esos que tienen
pinta de haber sido más de una vez la escena de algún crimen, subimos a su
piso, entramos y por mis fosas nasales penetro el olor de aquel no tan pequeño
lugar, un popurrí, desagradable y paradójicamente agradable a la vez. Serví
unas copas de vino, yo voy a la cocina y vuelvo en un momentico, esperáme ahí,
sentado, si queres pone algo de música, allá están todos mis discos, me dijo
ella, luego se encerró en una habitación, busque la botella de vino, la puse en
la mesa, confiadamente fui a su cocina y saque un par de abrebocas, hurgue
entre esa paradisiaca colección de discos que tenía, gigante, desde Bessie
Smith hasta Portishead, algo suave tenía que colocar, abrí el reproductor y
note que se podían poner a reproducir más de un disco a la vez, tome varios, los
metí y ella salió, casi como si todo hubiese sido ensayado alguna vez, nos
sentamos a hablar durante un largo tiempo, ignoro yo cuanto y la música, el
vino, la comida, la noche, el tango, Susana, ay Susana, se iba haciendo cada
vez más pequeño el lugar, y mis labios como metal atraído hacia algún campo magnético
inexorables se iban acercando más a los suyos, hasta que no se pudo evitar lo
inevitable, un beso sabor a literatura argentina, que causo el mismo sosiego
que causaba jugar a la rayuela unos años atrás y pasamos a ser solo nosotros,
fundiendo nuestras almas en una conexión de envases, entregados al placer y
nada más, un acto frenético en la que nuestras siluetas vagamente se dibujaban
en la penumbra casi total, siendo orquestada por uno que otro tímido sonido
proveniente de cualquier lugar y el solo de guitarra inconfundible de Time.
La próxima escena ya todo era
confuso, desperté y Susana no estaba, se habrá ido a buscar algo o que se yo, pensé.
Me arrope entre mis harapos y salí de la habitación y al hacerlo escucho el
sonido que producen las gotas al rebotar contra el suelo de la ducha, ¿Susana?
¿Susana estas ahí? Pregunte sin respuesta repetidas veces, desespere y abrí la
puerta forzándola y allí estaba ella, lo que fue un alivio que duro lo que dura
el brillo onírico de una luciérnaga en alguna pradera, tendida ella en el suelo
de la ducha, con su cabeza sobre una almohada de sangre, que poco a poco iba diluyéndose
junto al agua y yéndose en un rio rojo por la alcantarilla. Asustado, intente
reanimarla con varios métodos, todos sin resultado, su corazón no latía. Llame
a una ambulancia, llegaron, me hicieron preguntas, llegó luego la policía, me
dijeron que tomara mis cachivaches y me marchara, lo cual hice sin pensarlo,
pero pensándolo más que nada. Y fui, a tomar una cerveza, eran ya pasadas las 3
de la tarde y el calor era abrumador, Nashua, tráeme una cerveza, mejor que sean
dos, siéntate y bebe una conmigo. Le dije al llegar. No puedo, estoy
trabajando, pero en la noche estoy libre, podemos salir si quieres. Empecé a
beber, encarcelado ya por la incertidumbre, ¿Cómo murió Susana? Ay que
tormento, durante mis reflexiones llegaron un par de policías, inculpándome de
su muerte (mi error, haber tocado su cadáver desnudo para intentar revivirlo
fue una estupidez) diciéndome que tenía derecho a guardar silencio y todas esas
frases cliché a las que nos tienen acostumbrados, ignorando mis balbuceos de
inocencia, no me permitían explicarles lo que realmente había ocurrido. Me
trajeron a “La Santé”. Me encerraron en esta jaula con olor a vómito, con
manchas de lo que imagino es sangre en las paredes y un pequeñísimo espacio
algo cálido, que solo alcanza para mis pies y sigo pensando en Susana. ¿Cómo murió
la hermosa Susana? Delia, escribo esto, Tours no esta
tan lejos y sé que tu más que nadie me puede ayudar, espero vengas, el frío
aquí me está calando los huesos
Andrés Restrepo.
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