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domingo, 16 de junio de 2013

Llueves.

Todo siempre igual, la rutina de hablarle a tú vacío, como esperando recibir una señal, una respuesta, sin importar que sea corta, un gesto, algo, como desesperado, disolviendo mi alma como se disuelven los huesos en ácido sulfúrico, todo tan efímero e inconstante, he declarado este amor como pragmático en más de una ocasión, de a ratos no existe, de a ratos tu dejas de existir, de a ratos esta ilusión que llamamos vida se apaga en algún corte de energía cósmico, un detrimento parecido al de un reptil en alguna planta eléctrica, por más ilógico que suene. 

Y salgo, a recorrer tus veredas, y no dejas de llover, voy con un paraguas y con botas, evitando a toda costa empaparme de vos, siempre en vano, y mis ganas sufren grandes menoscabos cada vez que grito desde las cumbres de tus valles esperando la respuesta natural, eso que llaman eco, esa respuesta obligada que da el vacío y la altura, y no sé si es que mis tímpanos han reventado o es que desafías las leyes naturales solo por no responder o es quizás porque con cinismo disfrutas ver las arcadas de dolor de quien te regala humildes versos, en cuadernos empapados, ¿Cómo no van a estar empapados si llueves hasta dentro de la casa?

Y es que llueves, como un tifón o algo parecido, y a pesar de mis mediocres intentos de salir a la calle y evitar tus gotas, siempre llego a casa, muriendo de frío y empapado, extrañamente, me he vuelto adicto a este frío y como polidíptico compulsivo a tu lluvia, que me cala los huesos, como masoquista, entro y no busco calentarme, no, como cocainómano adicto a el letargo que traen consigo tus tormentas, por tus veredas y dentro de mi casa.

Y es que Annabel Lee, Milena ó Andaira solo hay una, solo hay un amor que te carcome el alma, solo hay una nube que humedece los desiertos de lo nunca visto, eso que llamamos uno mismo, solo un amor es capaz de penetrar tan profundo dentro del ser, a tal punto de trastornar al enamorado, desafiando toda la psicología, desnudándote, encontrando eso tan celado por ti mismo, eso que no eres, esa bestia que encarcelas desde siempre, solo un amor rebota en el albedo de tu superficie mental, beneficiando la supervivencia de formas de vida, eso que llamamos inspiración.

Entre la incomprensión y el carisma de este sentimiento, amor, cuatro letras sin un significado concreto, casi religioso, todo enamorado es un neófito si ve los ojos de quien ama, es imposible verlos y no arrodillarse a adorarlos, entrando en un estado de éxtasis híper alterado, donde el sistema límbico derrocha endorfinas en proporciones marítimas.

Amor, amor, amor, perdón por redundar tanto, pero debo hacer énfasis en esto, este sentimiento incipiente, sobre el que todos filosofamos, desde las más grandes mentes hasta los más insipientes.
Indescifrable, irreverente, incomprensible, le damos un nombre y un significado diferente todos los días, cambiante y creciente como el mismo universo, apoderándose de todo en tu mente, dejándote sediento y cansado, actúa como agua y sed, como cansancio y cama, como muerte y vida, casi genético, como inevitable, está escrito, todos morimos de amor alguna vez. Y no yéndome de lo dicho, vamos recorriendo calles, pensando en cómo nombrar al amor, más aún cuando estás enamorado del sosiego (ese brillo en sus pupilas), sabiendo que el amor es todo lo contrario, que es como un fantasma, que va con harapos negros, caprichoso, tocando a quien se le pega en gana, y detrás de su toque se abren puertas por las que entran la incertidumbre, las ganas, la pena y pasionalmente esa esquizofrenia, esos ataques epilépticos de noche al no poder dormir, eso que sucede mientras como un tornado, como resacada la tormenta, das vueltas en la cama buscando alguna posición que inhibe la mente y permite que el sueño se apodere del sistema nervioso central, el amor, guacho de cuna. 

Y sigues lloviendo, entre ataques de filosofía barata, blasfemias y papeles mojados, causando esta xeroftalmía, teniéndome arrinconado en momentos de nefelibata intensos, esta lluvia como un báratro, que dulce castigo, espero que nunca dejes de llover. 


Andrés Restrepo.

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