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martes, 11 de junio de 2013

La rata.

Capitulo I.

Huele a rata en mi hogar, y tú, estas llegando tarde como siempre, el olor intenso, no estoy loco, sé que huele a rata, una pequeña rata, haciendo un hoyo en mi cabeza, esta rata hizo un hoyo en mi cabeza, se alimenta con la corteza de mi cerebro, he fumado, intentando fumigarla, pero es inútil sigue su pútrido olor en el aire, no lo entenderían, solo deben oler, o entrar a mi cabeza, lo he intentado todo, he llegado a ponerme los audífonos con mis canciones más ruidosas, buscando que huya antes que sus diminutos y delicados tímpanos exploten; siempre temeroso, no vaya a ser que sea muy grande la muy desgraciada e intente salir por una de mis fosas nasales y al intentar salir se quede atorada, entonces andaría por ahí y por allá con una rata colgando de mi nariz, no que horror, y ahora la paranoia se hizo presente, tengo la inconmensurable necesidad de verme en un espejo, pero, el único espejo que tengo cerca está en el baño, y la puerta del baño es celosamente custodiada por una cefalea y definitivamente no tengo ánimos de enfrentármele ahora.
Siento las patas de esta rata, la siento, retorciéndose, la siento, estoy seguro que lo hago, no estoy loco, en mi fosa nasal izquierda ahora, siento que está allí, pero la muy maldita cuando la voy a tocar huye hacia adentro, y el olor, empeora, pero es obvio que huela a rata, si de verdad está ahí, una rata jamás va a oler a otra cosa, es como decir que un trozo de pastel sabe a ensalada.
Esta rata, astuta, cuando duermo sale y se come mi comida, y deja ese fermentado olor por toda la casa, ustedes están aquí, ¿no la huelen?, si se fijas bien la puedes ver, como camina por mi cabeza y deja su silueta por donde va, como cuando te envuelves en la sabana y mueves las piernas, ese mismo efecto, fíjense bien, ahh, desgraciado roedor, me cortare la cabeza para que se tenga que ir, una cabeza fría no es hogar para una rata, si eso haré, o no, mejor aún, mi vecina, sí, mi vecina, que siempre revisa mi correo y basura, creyendo que no la veo, la invitare a la casa, le ofreceré un té, intentare ganarme su confianza, charlare con ella, estaré dispuesto a oír su verborrea, ustedes entenderán, que no tengo nada en contra de mi vecina, no, es todo culpa de la desgraciadísima rata.

Capitulo II.

Y eso he hecho, por más de siete insoportables tardes, la vecina, viniendo por té, quedándose más tiempo cada visita. Debe estar por llegar, y la rata, la siento ahora en mi oído, dando un insufrible concierto con su constante chillido, y su corazón, latiendo, rápido, macabro, me empiezo a desesperar, la rata chilla y chilla y su corazón late y late, creando cefaleas que me dan palizas en todos los rincones de la casa, dejándome sin fuerzas y sin ánimos, succionando toda la energía de mi cuerpo, dejándome como un cadáver, un puto cadáver, que transporta una rata en su cabeza, y la puerta suena, debe ser ella, iré a revisar.  

Capitulo III.

Efectivamente era ella, abrí la puerta y esta vez traía galletas, como un gesto de cortesía, le serví la sempiterna taza de té, variando esta vez, té verde, con algo de menta y pimienta (siempre le serví té de jazmín) y cubos de queso, muchos cubos de queso, ¿a los ratones les gusta el queso, no? Y espere, bebiendo de mi taza, el olor a rata reapareció, más vehemente que nunca, y el chillido de la rata en mi oído combinado a la verborrea de mí vecina me empezaban a trastornar.
En un momento, sentí como la rata se colgaba de mi nariz, burlona, intente disimular torpemente, sabiendo que se había dado cuenta, la veía, ¿Cómo no verla? Si era enorme la desgraciada, y se burlaba de mí entre sorbos a la taza de té y la rata, la muy malévola la acompañaba en las burlas, ustedes entenderán, no odiaba a mi vecina, solo veía que su cráneo se veía más acogedor, la rata sería más feliz y yo por fin dejaría de tener sus sucias patas caminando entre los hemisferios de mi cabeza, tome un cojín, y se lo puse en la cara, no la veía ni escuchaba, ¡pero sé que la muy sádica se reía!  Lo que me obligo a presionar más aún, y la risa se hacía menos intensa, porque se reía.
De un momento a otro, la risa desapareció, a lo que me alivie inmensamente, por fin, una nueva cabeza para la rata; corte la cabeza, saque los sesos (quizás la rata querría más espacio), eche algo de comida allí adentro, le puse una pequeña vela y lo deje en el comedor. Ahora debía pensar que hacer con el resto del cuerpo, “arrojarlo por un barranco” pensé, salí, era tarde, algo como las dos o las tres de la madrugada, metí el cadáver al automóvil y acelere mientras la rata me mordía los nervios, llegue, lejos de mi hogar, saque el cadáver y me vino la grandiosa idea de cortarlo en pedacitos, ahí, porque haberlo cortado en mi casa hubiese sido manchar las baldosas de la sala y del baño con sangre sin necesidad, y arroje una extremidad por ese barranco, guarde el resto de las extremidades y seguí, yendo más lejos y enterré otra extremidad, más o menos 3 kilómetros más allá del barranco,  luego en un río arroje otra y luego en otro barranco otra más, una más lejos que la otra,  y así, hasta no quedar ninguna en mi maletero.
Llegue a casa, ya el sol iluminaba las partículas que flotan cerca de la ventana y decidí que era hora de irme a dormir, al paso de las horas, cuando mis ojos volvieron a estar abiertos, la rata, como yo lo planee, estaba ahí, en el cráneo de la vecina, comiéndose un pequeño pedazo de seso que por descuido no saque, pero, seguía la sensación, si, como si sus patas siguieran corriendo tímidamente dentro de mi cabeza, corrí al baño, para mi fortuna la cefalea que lo vigilaba dormía, y me vi en el espejo, ay de mí, ¿Cómo era posible algo semejante?, la rata había salido de mi cabeza, sí, pero toda su familia se había quedado dentro de la mía, la muy lujuriosa decidió dejar una multitud de pequeñas ratitas en mi cabeza, como un parque recreativo, le complace verme sufrir, por eso los he llamado, fumigadores, empiecen a trabajar, que no quede ni una sola rata, ¡si no las exterminan ustedes las extermino yo! 

Capitulo IV.

Esta nota la encontraron, por obvias razones, los fumigadores no querían colaborar, empezaron a decir que estaba demente, que llamarían a la policía y un montón de disparates, cuando yo solo los llame para que hicieran su trabajo, en fin, fumigue a los fumigadores, irónicas y hermosas fueron sus muertes, deberán entender, que no estoy mal de la cabeza, pero si tengo un mal dentro de ella, una camada de ratas, que me han obligado a hacer todo lo que he hecho.
Pero el motivo real de esta carta, la desesperación me obliga a intentar exterminar yo mismo a todos estos bichos mordedores, tomaré  algo de veneno para ratas, lo pondré en alguna olla con algo de aceite, beberé algún trago mientras se calienta y todo ese vapor lo aspirare, espero resulte, y mi cadáver, quiero que lo quemen, junto al de todas estas putas ratas.


Andrés Restrepo.

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