Capitulo I.
Huele a rata en mi hogar, y tú,
estas llegando tarde como siempre, el olor intenso, no estoy loco, sé que huele
a rata, una pequeña rata, haciendo un hoyo en mi cabeza, esta rata hizo un hoyo
en mi cabeza, se alimenta con la corteza de mi cerebro, he fumado, intentando
fumigarla, pero es inútil sigue su pútrido olor en el aire, no lo entenderían,
solo deben oler, o entrar a mi cabeza, lo he intentado todo, he llegado a
ponerme los audífonos con mis canciones más ruidosas, buscando que huya antes
que sus diminutos y delicados tímpanos exploten; siempre temeroso, no vaya a
ser que sea muy grande la muy desgraciada e intente salir por una de mis fosas
nasales y al intentar salir se quede atorada, entonces andaría por ahí y por
allá con una rata colgando de mi nariz, no que horror, y ahora la paranoia se
hizo presente, tengo la inconmensurable necesidad de verme en un espejo, pero,
el único espejo que tengo cerca está en el baño, y la puerta del baño es
celosamente custodiada por una cefalea y definitivamente no tengo ánimos de enfrentármele
ahora.
Siento las patas de esta rata, la
siento, retorciéndose, la siento, estoy seguro que lo hago, no estoy loco, en
mi fosa nasal izquierda ahora, siento que está allí, pero la muy maldita cuando
la voy a tocar huye hacia adentro, y el olor, empeora, pero es obvio que huela
a rata, si de verdad está ahí, una rata jamás va a oler a otra cosa, es como decir
que un trozo de pastel sabe a ensalada.
Esta rata, astuta, cuando duermo
sale y se come mi comida, y deja ese fermentado olor por toda la casa, ustedes están
aquí, ¿no la huelen?, si se fijas bien la puedes ver, como camina por mi cabeza
y deja su silueta por donde va, como cuando te envuelves en la sabana y mueves
las piernas, ese mismo efecto, fíjense bien, ahh, desgraciado roedor, me
cortare la cabeza para que se tenga que ir, una cabeza fría no es hogar para
una rata, si eso haré, o no, mejor aún, mi vecina, sí, mi vecina, que siempre
revisa mi correo y basura, creyendo que no la veo, la invitare a la casa, le ofreceré
un té, intentare ganarme su confianza, charlare con ella, estaré dispuesto a oír
su verborrea, ustedes entenderán, que no tengo nada en contra de mi vecina, no,
es todo culpa de la desgraciadísima rata.
Capitulo II.
Y eso he hecho, por más de siete
insoportables tardes, la vecina, viniendo por té, quedándose más tiempo cada
visita. Debe estar por llegar, y la rata, la siento ahora en mi oído, dando un
insufrible concierto con su constante chillido, y su corazón, latiendo, rápido,
macabro, me empiezo a desesperar, la rata chilla y chilla y su corazón late y
late, creando cefaleas que me dan palizas en todos los rincones de la casa, dejándome
sin fuerzas y sin ánimos, succionando toda la energía de mi cuerpo, dejándome como
un cadáver, un puto cadáver, que transporta una rata en su cabeza, y la puerta
suena, debe ser ella, iré a revisar.
Capitulo III.
Efectivamente era ella, abrí la
puerta y esta vez traía galletas, como un gesto de cortesía, le serví la sempiterna
taza de té, variando esta vez, té verde, con algo de menta y pimienta (siempre
le serví té de jazmín) y cubos de queso, muchos cubos de queso, ¿a los ratones
les gusta el queso, no? Y espere, bebiendo de mi taza, el olor a rata
reapareció, más vehemente que nunca, y el chillido de la rata en mi oído combinado
a la verborrea de mí vecina me empezaban a trastornar.
En un momento, sentí como la rata
se colgaba de mi nariz, burlona, intente disimular torpemente, sabiendo que se había
dado cuenta, la veía, ¿Cómo no verla? Si era enorme la desgraciada, y se
burlaba de mí entre sorbos a la taza de té y la rata, la muy malévola la
acompañaba en las burlas, ustedes entenderán, no odiaba a mi vecina, solo veía
que su cráneo se veía más acogedor, la rata sería más feliz y yo por fin dejaría
de tener sus sucias patas caminando entre los hemisferios de mi cabeza, tome un
cojín, y se lo puse en la cara, no la veía ni escuchaba, ¡pero sé que la muy sádica
se reía! Lo que me obligo a presionar
más aún, y la risa se hacía menos intensa, porque se reía.
De un momento a otro, la risa
desapareció, a lo que me alivie inmensamente, por fin, una nueva cabeza para la
rata; corte la cabeza, saque los sesos (quizás la rata querría más espacio),
eche algo de comida allí adentro, le puse una pequeña vela y lo deje en el
comedor. Ahora debía pensar que hacer con el resto del cuerpo, “arrojarlo por
un barranco” pensé, salí, era tarde, algo como las dos o las tres de la
madrugada, metí el cadáver al automóvil y acelere mientras la rata me mordía
los nervios, llegue, lejos de mi hogar, saque el cadáver y me vino la grandiosa
idea de cortarlo en pedacitos, ahí, porque haberlo cortado en mi casa hubiese sido
manchar las baldosas de la sala y del baño con sangre sin necesidad, y arroje
una extremidad por ese barranco, guarde el resto de las extremidades y seguí,
yendo más lejos y enterré otra extremidad, más o menos 3 kilómetros más allá
del barranco, luego en un río arroje
otra y luego en otro barranco otra más, una más lejos que la otra, y así, hasta no quedar ninguna en mi maletero.
Llegue a casa, ya el sol
iluminaba las partículas que flotan cerca de la ventana y decidí que era hora
de irme a dormir, al paso de las horas, cuando mis ojos volvieron a estar
abiertos, la rata, como yo lo planee, estaba ahí, en el cráneo de la vecina, comiéndose
un pequeño pedazo de seso que por descuido no saque, pero, seguía la sensación,
si, como si sus patas siguieran corriendo tímidamente dentro de mi cabeza,
corrí al baño, para mi fortuna la cefalea que lo vigilaba dormía, y me vi en el
espejo, ay de mí, ¿Cómo era posible algo semejante?, la rata había salido de mi
cabeza, sí, pero toda su familia se había quedado dentro de la mía, la muy
lujuriosa decidió dejar una multitud de pequeñas ratitas en mi cabeza, como un
parque recreativo, le complace verme sufrir, por eso los he llamado,
fumigadores, empiecen a trabajar, que no quede ni una sola rata, ¡si no las
exterminan ustedes las extermino yo!
Capitulo IV.
Esta nota la encontraron, por
obvias razones, los fumigadores no querían colaborar, empezaron a decir que
estaba demente, que llamarían a la policía y un montón de disparates, cuando yo
solo los llame para que hicieran su trabajo, en fin, fumigue a los fumigadores,
irónicas y hermosas fueron sus muertes, deberán entender, que no estoy mal de
la cabeza, pero si tengo un mal dentro de ella, una camada de ratas, que me han
obligado a hacer todo lo que he hecho.
Pero el motivo real de esta carta,
la desesperación me obliga a intentar exterminar yo mismo a todos estos bichos mordedores,
tomaré algo de veneno para ratas, lo pondré
en alguna olla con algo de aceite, beberé algún trago mientras se calienta y
todo ese vapor lo aspirare, espero resulte, y mi cadáver, quiero que lo quemen,
junto al de todas estas putas ratas.
Andrés Restrepo.
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